El ascenso a la montaña. La Fuerza Creativa de la Cólera


¡Arigato zaishö!

Cualquier emoción, incluso la cólera, lleva aparejados el conocimiento y la perspicacia, algo que algunos llaman esclarecimiento. Nuestra furia puede convertirse durante algún tiempo en una maestra, es decir, en algo de lo que no nos convenga prescindir precipitadamente, algo por lo que merezca la pena ascender a la montaña y que, a través de distintas imágenes, se convierta en un símbolo del que podamos aprender y con el que podamos tratar interiormente para luego transformarlo en algo útil en el mundo o, en su defecto, abandonarlo y dejar que se disipe. En una vida cohesiva la cólera no es un elemento de reserva. Es una sustancia que está esperando nuestros esfuerzos de transformación. El ciclo de la cólera es como cualquier otro ciclo; la cólera sube, cae, muere y es liberada como nueva energía. El hecho de prestar atención a la cólera da lugar al proceso de transformación. Si una persona permite que su propia cólera se convierta en su maestra y se transforme, por este medio la cólera se dispersa. Entonces puede utilizarse la energía en otras áreas, especialmente en el área de la creatividad. Aunque algunas personas afirman poder crear a partir de su cólera crónica, el problema es que la cólera limita el acceso al inconciente colectivo, de tal forma que una persona que crea a partir de la cólera tiende a crear lo mismo una y otra vez y no consigue ofrecer ninguna novedad. La cólera no transformada puede convertirse en un mantra constante en torno al tema de nuestra opresión, nuestro sufrimiento y nuestra tortura…

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 En lugar de intentar “portarnos bien” y no sentir cólera o, en lugar de utilizarla para quemar todas las cosas vivas a cien kilómetros a la redonda, es mejor pedirle primero a la cólera que se siente con nosotras a tomar un té y charlar un rato para que, de esta manera, podamos descubrir cuál fue su origen. Al principio, la cólera se comporta como el encolerizado esposo del cuento. No quiere hablar, no quiere comer, sólo quiere permanecer sentada con la mirada perdida en la distancia o insultar o que la dejen en paz. Es en este momento crítico cuando tenemos que acudir a la curandera, nuestro yo lo, nuestros mejores recursos más sabios para poder ver qué hay más allá de la irritación y la exasperación del ego. La curandera es siempre la “que ve a lo lejos”. Es la que nos puede decir qué beneficio obtendremos de la exploración de esta oleada emotiva.

Las curanderas de los cuentos de hadas suelen simbolizar una parte serena e imperturbable de la psique. Aunque por fuera el mundo se caiga en pedazos, la curandera interior se mantiene inalterada y conserva la calma necesaria para poder establecer la mejor manera de seguir adelante. Todas las mujeres tienen en su psique a esta “mediadora”. Forma parte de la psique salvaje y natural y tiene carácter innato, Si hemos perdido la pista de su paradero, la podemos recuperar examinando con calma la causa que provoca nuestra furia, proyectándonos hacía el futuro y, desde esa posición estratégica, estableciendo qué nos haría sentirnos orgullosas de nuestra conducta pasada para actuar de la misma manera.

 La indignación o irritación que naturalmente sentimos a propósito de los distintos aspectos de la vida y de la cultura se exacerba cuando se producen repetidos incidentes de falta de respeto, malos tratos, abandono o acusada ambigüedad en la infancia. La persona que ha sufrido tales lesiones está sensibilizada ante las nuevas lesiones y echa mano de todas sus defensas para evitarlas. Las graves pérdidas de poder que nos llevan a dudar de nuestro valor como seres dignos de atención, respeto y solicitud por parte de los demás dan lugar a una dolorosa y enfurecida decisión infantil de no permitir en la edad adulta que nos vuelvan la lastimar de la misma manera.

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 Por otra parte, si una mujer ha sido educada de tal forma que tenga menos expectativas positivas que otras mujeres de la familia y ha sufrido severas restricciones en su libertad, conducta, lenguaje, etc… lo más probable es que su cólera normal se desborde ante ciertas cuestiones o ciertos tonos de voz, gestos, palabras y otros desencadenantes sensoriales que le recuerden los acontecimientos originarios. A veces pueden deducirse las heridas infantiles sufridas por los adultos examinando cuidadosamente por qué asuntos o cuestiones éstos pierden irracionalmente los estribos.

 Tenemos que utilizar la cólera como fuerza creativa: Tenemos que utilizarla para cambiar, desarrollar y proteger. Por consiguiente, tanto si una mujer está abordando la exasperación del momento con un arrebato como si lo hace con alguna forma de prolongada y dolorosa quemadura, la perspectiva de la curandera es la misma: cuando hay serenidad, puede haber aprendizaje y soluciones creativas; en cambio, si hay un violento incendio por dentro o por fuera, éste lo quema todo y no deja más que cenizas. Tenemos que poder contemplar nuestras acciones pasadas con honor. Tenemos que buscar la utilidad de nuestro enojo.

 Aunque es cierto que a veces necesitamos desahogar nuestra furia antes de poder pasar a una serenidad aleccionadora, debemos hacerlo con cierto comedimiento. De lo contrario, sería algo así como arrojar una cerilla encendida a un charco de gasolina. La curandera dice que sí, que la cólera se puede cambiar, pero hace falta algo perteneciente a otro mundo, algo perteneciente al mundo instintivo, el mundo en el que los animales todavía hablan y el espíritu vive, algo perteneciente a la imaginación humana.

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 En el budismo se practica una acción de búsqueda llamada nyübu, que significa ir a las montañas para comprendernos a nosotros mismos y restablecer nuestra conexión con lo Grande. Es un ritual muy antiguo relacionado con los ciclos de preparación de la tierra, la siembra y la cosecha. Aunque podría ser beneficioso subir a unas montañas de verdad, también hay montañas en el mundo subterráneo, en el propio inconciente, y, afortunadamente todos llevamos en el mismo interior de la psique la entrada que conduce al mundo subterráneo y nos permite subir a las montañas y buscar diligentemente nuestra renovación.

 En los mitos la montaña se entiende a veces como un símbolo de los niveles de conocimiento que hay que alcanzar antes de poder ascender al nivel siguiente. La parte inferior de las montañas, las estribaciones, representan a menudo el ansia de conciencia. Todo lo que acontece en las estribaciones se entiende como una maduración de la conciencia. La parte mediana de la montaña se suele considerar la más empinada del proceso, la que pone a prueba los conocimientos adquiridos en los niveles inferiores. Las zonas más altas de la montaña representan una intensificación del aprendizaje; allí el aire es más tenue y hace falta mucha resistencia y determinación para seguir cumpliendo la tarea. La cima de la montaña simboliza el enfrentamiento con la sabiduría definitiva semejante a la del mito en el que la anciana, o el viejo oso en el caso de este cuento, habita en la cumbre del monte

 Es bueno subir a la montaña cuando no sabemos qué otra cosa podemos hacer. La vida se consolida y el alma se desarrolla cuando nos sentimos impulsados a emprender búsquedas acerca de las cuales apenas sabemos nada. Subiendo a la montaña desconocida, adquirimos un auténtico conocimiento de la psique instintiva y de los actos creativos de los que ésta es capaz, y ése es nuestro objetivo. El aprendizaje es distinto en cada persona. Pero el punto de vista instintivo que emana del inconciente salvaje, cuyo carácter es cíclico, empieza a ser el único que comprende el significado y da sentido a la vida, a nuestra vida. Y nos indica infaliblemente lo que tenemos que hacer a continuación. ¿Dónde podemos encontrar este proceso que nos hará libres? En la montaña.

 En la montaña encontramos las claves adicionales acerca de la manera de transformar el sufrimiento, el negativismo y los aspectos rencorosos de la cólera, todos ellos habitualmente percibidos y a menudo inicialmente justificados. Una de ellas es la frase “Arigato zaishö”, que la mujer entona en agradecimiento a los árboles y a las montañas por haberle permitido el paso. Traducida en sentido figurado, la frase quiere decir “Gracias, Ilusión”. En japonés zaishö significa la capacidad de ver claramente las cosas que se interponen y nos impiden alcanzar una comprensión más profunda de nuestra propia persona y del mundo…

Mujeres que corren con lobos. Clarissa Pínkola Estés.

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