“Las Zapatillas Rojas” Mujeres que corren con lobos. Clarissa Pínkola


 

Aunque algunas Mujeres fieras se apartan de las trampas en el

último momento y sólo sufren algún que otro pequeño desperfecto en el

pelaje, son muchas más las que caen en ellas inadvertidamente y pierden

momentáneamente el conocimiento, mientras que unas quedan

destrozadas,  otras consiguen liberarse y se arrastran

 hasta una Cueva para poder lamerse,

 a solas, las heridas.

Para evitar las celadas y tentaciones con que tropieza una mujer que

se ha pasado mucho tiempo capturada y hambrienta, tenernos que ser

capaces de verlas por adelantado y esquivarlas. Tenemos que reconstruir

nuestra perspicacia y nuestra cautela. Tenemos que aprender a virar.

Tenemos que distinguir las vueltas acertadas y las equivocadas.

Existe algo que en mí opinión es un vestigio de un antiguo cuento de

viejas de carácter didáctico que expone la apurada situación en que se

encuentra la mujer fiera y muerta de hambre. Se lo conoce con distintos

títulos tales como “Las zapatillas de baile del demonio”, “Las zapatillas

candentes del demonio” y “Las zapatillas rojas”. Hans Christian Andersen

escribió su versión de este viejo cuento y le dio el título citado en tercer

lugar. Como un auténtico narrador, envolvió el núcleo del cuento con su

propio ingenio étnico y su propia sensibilidad.

La siguiente versión de “Las zapatillas rojas” es la germano-magiar

que mi tía Tereza solía contarnos cuando éramos pequeños Y que yo utilizo

aquí con su bendición. Con su habilidad acostumbrada, mi tía siempre

empezaba el cuento con la frase: “Fijaos bien en vuestros zapatos y dad

gracias de que sean tan sencillos… pues uno tiene que vivir con mucho

cuidado cuando calza unos zapatos demasiado rojos.”

 

 

Las zapatillas rojas

Había una vez una pobre huerfanita que no tenía zapatos. Pero

siempre, recogía los trapos vicios que encontraba y, con el tiempo, se cosió

un par de zapatillas rojas. Aunque eran muy toscas, a ella le gustaban. La

hacían sentir rica a pesar de que se pasaba los días recogiendo algo que

comer en los bosques llenos de espinos hasta bien entrado el anochecer.

Pero un día, mientras bajaba por el camino con sus andrajos y sus

zapatillas rojas, un carruaje dorado se detuvo a su lado. La anciana que

viajaba en su interior le dijo que se la iba a llevar a su casa y la trataría

como si fuera su hijita. Así pues, la niña se fue a la casa de la acaudalada

anciana y allí le lavaron y peinaron el cabello. Le proporcionaron una ropa

interior de purísimo color blanco, un precioso vestido de lana, unas

medias blancas y unos relucientes zapatos negros. Cuando la niña

preguntó por su ropa y, sobre todo, por sus zapatillas rojas, la anciana le

contestó que la ropa estaba tan sucia y las zapatillas eran tan ridículas

que las había arrojado al fuego donde habían ardido hasta convertirse en

ceniza.

La niña se puso muy triste, pues, a pesar de la inmensa riqueza que

la rodeaba, las humildes zapatillas rojas cosidas con sus propias manos le

habían hecho experimentar su mayor felicidad. Ahora se veía obligada a

permanecer sentada todo el rato, a caminar sin patinar y a no hablar a

menos que le dirigieran la palabra, pero un secreto fuego ardía en su

corazón y ella seguía echando de menos sus viejas zapatillas rojas por

encima de cualquier otra cosa.

Cuando la niña alcanzó la edad suficiente como para recibir la

confirmación el día de los Santos Inocentes, la anciana la llevó a un viejo

zapatero cojo para que le hiciera unos zapatos especiales para la ocasión.

En el escaparate del zapatero había unos zapatos rojos hechos con cuero

del mejor; eran tan bonitos que casi resplandecían. Así pues, aunque los

zapatos no fueran apropiados para ir a la iglesia, la niña sólo elegía

siguiendo los deseos de su hambriento corazón, escogió los zapatos rojos.

La anciana tenía tan mala vista que no vio de qué color eran los zapatos y,

por consiguiente, pagó el precio. El vicio zapatero le guiñó el ojo a la niña y

envolvió los zapatos.

Al día siguiente, los feligreses de la iglesia se quedaron asombrados

al ver los pies de la niña. Los zapatos rojos brillaban como manzanas

pulidas, como corazones, como ciruelas rojas. Todo el mundo los miraba;

hasta los ¡conos de la pared, hasta las imágenes contemplaban los zapatos

con expresión de reproche. Pero, cuanto más los miraba la gente, tanto

más le gustaban a la niña. Por consiguiente, cuando el sacerdote entonó

los cánticos y cuando el coro lo acompañó y el órgano empezó a sonar, la

niña pensó que no había nada más bonito que sus zapatos rojos.

Para cuando terminó aquel día, alguien había informado a la

anciana acerca de los zapatos rojos de su protegida.

-Jamás de los jamases vuelvas a ponerte esos zapatos rojos! -le dijo

la anciana en tono amenazador.

Pero al domingo siguiente la niña no pudo resistir la tentación de

ponerse los zapatos rojos en lugar de los negros y se fue a la iglesia con la

anciana como de costumbre.

A la entrada de la iglesia había un viejo soldado con el brazo en

cabestrillo. Llevaba una chaquetilla y tenía la barba pelirroja. Hizo una

reverencia y pidió permiso para quitar el polvo de los zapatos de la niña.

La niña alargó el pie y el soldado dio unos golpecitos a las suelas de sus

zapatos mientras entonaba una alegre cancioncilla que le hizo cosquillas

en las plantas de los pies.

-No olvides quedarte para el baile -le dijo el soldado, guiñándole el

ojo con una sonrisa.

Todo el mundo volvió a mirar de soslayo los zapatos rojos de la niña.

Pero a ella le gustaban tanto aquellos zapatos tan brillantes como el

carmesí, tan brillantes como las frambuesas y las granadas, que apenas

podía pensar en otra cosa y casi no prestó atención a la ceremonia

religiosa. Tan ocupada estaba moviendo los pies hacia aquí Y hacia allá y

admirando sus zapatos rojos que se olvidó de cantar.

Cuando abandonó la iglesia en compañía de la anciana, el soldado

herido le gritó:

“¡Qué bonitos zapatos de baile!”

Sus palabras hicieron que la niña empezara inmediatamente a dar

vueltas. En cuanto sus pies empezaron a moverse ya no pudieron

detenerse y la niña bailó entre los arriates de flores y dobló la esquina de

la iglesia como si hubiera perdido por completo el control de sí misma.

Danzó una gavota y después una czarda y, finalmente, se alejó bailando

un vals a través de los campos del otro lado. El cochero de la anciana saltó

del carruaje y echó a correr tras ella, le dio alcance Y llevó de nuevo al

coche, pero los pies de la niña calzados con los zapatos rojos seguían

bailando en el aire como si estuvieran todavía en el suelo. La anciana y el

cochero tiraron y forcejearon, tratando de quitarle los zapatos rojos a la

niña. Menudo espectáculo, ellos con los sombreros torcidos y la niña

agitando las piernas, pero, al final, los pies de la niña se calmaron.

De regreso a casa, la anciana dejó los zapatos rojos en un estante

muy alto y le ordenó a la niña no tocarlos nunca más. Pero la niña no

podía evitar contemplarlos con anhelo. Para ella seguían siendo lo más

bonito de la tierra.

Poco después quiso el destino que la anciana tuviera que guardar

cama y, en cuanto los médicos se fueron, la niña entró sigilosamente en la

habitación donde se guardaban los zapatos rojos. Los contempló allá

arriba en lo alto del estante. Su mirada se hizo penetrante y se convirtió en

un ardiente deseo que la indujo a tomar los zapatos del estante y a

ponérselos, pensando que no había nada malo en ello. Sin embargo, en

cuanto los zapatos tocaron sus talones y los dedos de sus pies, la niña se

sintió invadida por el impulso de bailar.

Cruzó la puerta bailando y bajó los peldaños, bailando primero una

gavota, después una czarda y, finalmente, un vals de atrevidas vueltas en

rápida sucesión. La niña estaba en la gloria y no comprendió en qué

apurada situación se encontraba hasta que quiso bailar hacia la izquierda

y los zapatos insistieron en bailar hacia la derecha. Cuando quería dar

vueltas, los zapatos se empeñaban en bailar directamente hacia delante. Y,

mientras los zapatos bailaban con la niña, en lugar de ser la niña quien

bailara con los zapatos, los zapatos la llevaron calle abajo, cruzando los

campos llenos de barro hasta llegar al bosque oscuro y sombrío.

Allí, apoyado contra un árbol, se encontraba el viejo soldado de la

barba pelirroja con su chaquetilla y su brazo en cabestrillo.

-Vaya, qué bonitos zapatos de baile -exclamó.

Asustada, la niña intentó quitarse los zapatos, pero el pie que

mantenía apoyado en el suelo seguía bailando con entusiasmo y el que ella

sostenía en la mano también tomaba parte en el baile.

Así pues, la niña bailó y bailó sin cesar. Danzando subió las colinas

más altas, cruzó los valles bajo la lluvia, la nieve y el sol. Bailó en la noche

oscura y al amanecer y aún seguía bailando cuando anocheció. Pero no

era un baile bonito. Era un baile terrible, pues no había descanso para

ella.

Llegó bailando a un cementerio y allí un espantoso espíritu no le

Permitió entrar. El espíritu pronunció las siguientes palabras:

-Bailarás con tus zapatos rojos hasta que te conviertas en una

aparición, en un fantasma, hasta que la piel te cuelgue de los huesos y

hasta que no quede nada de ti más que unas entrañas que bailan.

Bailarás de puerta en puerta por las aldeas y golpearás cada puerta tres

veces y, cuando la gente mire, te verá y temerá sufrir tu mismo destino.

Bailad, zapatos rojos, seguid bailando.

La niña pidió compasión, pero, antes de que pudiera seguir

implorando piedad, los zapatos rojos se la llevaron. Bailó sobre los brezales

y los ríos, siguió bailando sobre los setos vivos y siguió bailando y bailando

hasta llegar a su hogar y allí vio que había gente llorando. La anciana que

la había acogido en su casa había muerto. Pero ella siguió bailando porque

no tenía más remedio que hacerlo. Profundamente agotada y horrorizada,

llegó bailando a un bosque en el que vivía el verdugo de la ciudad. El

hacha que había en la pared empezó a estremecerse en cuanto percibió la

cercanía de la niña.

-¡Por favor! -le suplicó la niña al verdugo al pasar bailando por

delante de su puerta-. Por favor, córteme los zapatos para librarme de este

horrible destino.

El verdugo cortó las correas de los zapatos rojos con el hacha. Pero

los zapatos seguían en los pies. Entonces la niña le dijo al verdugo que su

vida no valía nada y que, por favor, le cortara los pies. Y el verdugo le cortó

los pies. Y los zapatos rojos con los pies dentro siguieron bailando a través

del bosque, subieron a la colina y se perdieron de vista. Y la niña,

convertida en una pobre tullida, tuvo que ganarse la vida en el mundo

como criada de otras personas y jamás en su vida volvió a desear unos

zapatos rojos.

 

 

Es más que razonable preguntarse el porqué de la presencia de

episodios tan brutales en los cuentos de hadas. Se trata de un fenómeno

que se registra en los mitos y el folclore de todo el mundo. La monstruosa

conclusión de este cuento es típica de los finales de los cuentos de hadas

cuyo protagonista espiritual no puede completar la transformación que

pretendía.

Psicológicamente, el brutal episodio transmite una apremiante

verdad psíquica. Esta verdad es tan apremiante -y, sin embargo, tan fácil

de desdeñar con un simple “sí, bueno, lo comprendo”, por más que con ello

la persona vaya directamente a su condena- que no es probable que

prestemos atención a la alarma si ésta se expresa

en términos más blandos.

En el moderno mundo tecnológico, los brutales episodios de los

cuentos de hadas han sido sustituidos por las imágenes de los anuncios

de la televisión, como los que muestran una instantánea familiar en la que

uno de los miembros de la familia ha sido borrado y un reguero de sangre

sobre la fotografía subraya lo que ocurre cuando una persona conduce en

estado de embriaguez, o esos anuncios que intentan disuadir a las

personas de que consuman drogas ilegales, en los que un huevo friéndose

en una sartén revela lo que ocurre en el cerebro humano cuando uno

consume drogas. El elemento brutal es una antigua manera de conseguir

que el yo emotivo preste atención a un mensaje muy serio.

La verdad psicológica que encierra el cuento de “Las zapatillas rojas”

es que a una mujer se le puede arrancar, robar y amenazar su vida más

significativa o se la puede apartar de ella por medio de halagos a no ser

que conserve o recupere su alegría básica y su valor salvaje. El cuento nos

invita a prestar atención a las trampas y los venenos con los que

fácilmente tropezamos cuando estamos hambrientas de Alma salvaje.

Sin una firme participación en la naturaleza salvaje, una mujer se

muere de hambre y cae en la obsesión de los “me siento mejor”, “déjame en

paz” y “quiéreme… por favor”.

Cuando se muere de hambre, la mujer acepta cualquier sucedáneo

que se le ofrezca, incluyendo los que, como placebos inútiles, no le sirven

absolutamente para nada y los que son destructivos, amenazan su vida y

le hacen perder lastimosamente el tiempo y las cualidades o exponen su

vida a peligros físicos. El hambre del alma induce a la mujer a elegir cosas

que la harán bailar locamente y sin control… hasta llegar finalmente a la

casa del verdugo.

Por consiguiente, para comprender más profundamente este cuento,

tenemos que percatarnos de que una mujer puede extraviar totalmente el

camino cuando pierde su vida instintiva y salvaje. Para conservar lo que

tenemos y encontrar de nuevo el camino de lo femenino salvaje, tenemos

que saber qué errores comete una mujer que se siente tan atrapada.

Entonces podremos retroceder y reparar los daños.

 Entonces podrá tener lugar la reunión.

La pérdida de las zapatillas rojas hechas a mano

representa la pérdida de la vida personalmente diseñada y de la

apasionada vitalidad de una mujer, así como la aceptación de una

existencia excesivamente domesticada, lo cual conduce a la larga a la

pérdida de una percepción fiel, que provoca a su vez los excesos que llevan

a la Pérdida de los pies, la plataforma que nos sostiene, nuestra base, una

Parte muy profunda de la naturaleza instintiva que sostiene nuestra libertad.

“Las zapatillas rojas” nos muestra cómo se inicia el deterioro y a qué

estado nos reducimos si no intervenimos en nombre de nuestra

propia naturaleza salvaje.

 No nos engañemos, cuando una mujer se esfuerza por

intervenir y luchar contra su propio demonio cualquiera que éste sea, su

esfuerzo es una de las batallas más dignas que se pueden emprender tanto

desde el punto de vista arquetípico como desde la perspectiva de la

realidad consensual. Aunque la mujer pudiera llegar como en el cuento

hasta el fondo del mayor de los abismos por medio del hambre, la captura,

el instinto herido, las elecciones destructivas y todo lo demás, el fondo es

el lugar que alberga las raíces de la psique. Allí están los apuntalamientos

salvajes de la mujer. El fondo es el mejor terreno para sembrar y volver a

cultivar algo nuevo. En este sentido, alcanzar el fondo, aunque sea

extremadamente doloroso, es también llegar al terreno de cultivo.

Aunque por nada del mundo desearíamos la maldición de los

perjudiciales zapatos rojos y la consiguiente disminución de vida ni para

nosotras ni para las demás, hay en esta ardiente y destructiva esencia algo

que combina la vehemencia con la sabiduría en la mujer que ha bailado la

danza maldita, que se ha perdido a sí misma y ha perdido la vida creativa,

que se ha precipitado al infierno con un barato (o caro) bolso de mano y

que, sin embargo, se ha mantenido aferrada en cierto modo a una palabra,

un pensamiento, una idea hasta que, a través de una rendija, pudo

escapar a tiempo de su demonio y vivir para contarlo.

La mujer que ha perdido el control bailando, que

ha perdido el equilibrio y ha perdido los pies y comprende el estado de

privación a que se refiere el final del cuento de hadas,

posee una sabiduría valiosa y especial.

Es como un saguaro,

un espléndido y hermoso cactus

que vive en el desierto.

A los saguaros se los puede llenar de orificios de bala, se les pueden

practicar incisiones, se los puede derribar y pisotear, y ellos siguen

viviendo, siguen almacenando el agua que da la vida,

 siguen creciendo salvajes y, con el tiempo, se curan.

Los cuentos de hadas terminan al cabo de diez páginas, pero

nuestras vidas no. Somos unas colecciones de varios tomos. En nuestras

vidas, aunque un episodio equivalga a una colisión y una quemaduras

siempre hay otro episodio que nos espera y después otro. Siempre hay

oportunidades de arreglarlo, de configurar nuestras vidas de la manera

que merecemos. No hay que perder el tiempo odiando un fracaso,

El fracaso es mejor maestro que el éxito.

 Presta atención, aprende

y sigue adelante…

“Mujeres que corren con lobos”

-Clarissa Pínkola-

https://aulli2.wordpress.com

“El Clan de la Cicatriz”

#Aulli2 

 

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Acerca de Medina Loba Colorá

#MujeresQueCorrenConLobos #Aulli2
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